PONGA SU RELOJ EN MI PELÍCULA

Dicen que todo empezó por casualidad y que alguien muy listo se dio cuenta del potencial. En fin: comencemos por el principio.

James Bond vestía un Rolex en las primeras películas de la saga. Uno veía cómo Sean Connery se deshacía de los enemigos más mortíferos y salvaba el mundo con un Submariner en la muñeca. El espía a las órdenes de Su Majestad hacia todo sin inmutarse con un inefable Rolex a su lado. Ahora bien, antes de que la gente empezara a darse cuenta de que Bond era de los que llevaban Rolex, las estrellas de Hollywood habían aparecido en algunas películas portando sus relojes favoritos. Sin intenciones aparentes. Simplemente porque la gente lleva relojes en la realidad. Y el cine es la realidad a 24 fotogramas por segundo, como decía Jean-Luc Godard.

Pero alguien se fijó en el impresionante impacto del cine a la hora de publicitar los mejores modelos. Ese alguien se llama Jean-Claude Biver y se convirtió en uno de los pioneros de eso que después se ha llamado product placement. En el caso de Biver, hoy jefe de la división de relojería de LVMH, la marca a posicionar era Omega y el medio para lograrlo la última generación de películas de la saga Bond con Pierce Brosnan en la piel del afamado agente secreto. Así las cosas, en 1995, en el filme Goldeneye, Bond exhibía un compacto Seamaster con brazalete de acero. Por cierto: la alianza entre la franquicia y la marca se mantiene hasta ahora y el nuevo 15,000 Gauss será el último reloj que Bond mostrará a los malos más malos de la historia en la nueva Spectre, con Daniel Craig como 007.

Antes del fenómeno Bond-Omega, otras compañías hicieron sus alianzas con actores o actrices, como la famosa relación de Steve McQueen con TAG Heuer o la celebérrima vinculación entre Paul Newman y un determinado modelo de Rolex Daytona. Piaget también se asoció con Ursula Andress (una de las chicas Bond más conocidas, dicho sea de paso) para exponer sus parabienes ante el público. Hasta el aparentemente iconoclasta Alejandro González Iñárritu se puso a las órdenes del programa Mentor and Protégé de Rolex para transmitir parte de su conocimiento a un futuro cineasta. Contradictorio pero cierto.

De hecho, si seguimos la pista mexicana vuelven a salir los dos grandes peleones del cine, Rolex y Omega. ¿Qué lleva en la muñeca si no el astronauta George Clooney en la multipremiada Gravity, obra de arte de Alfonso Cuarón? Acertaron: un Omega Speedmaster. ¿Y por qué Ben Afleck aparecía en Argo, en una película que transcurre en 1979 con un Rolex Sea-Dweller, cuyo primer modelo apareció allá por el 2008? Voilá señoras y señores: product placement.

Hay otros momentazos en la historia del cine reciente con otras piezas importantes y el mercado, como todo, se ha diversificado. El mafioso ruso interpretado por Viggo Mortensen en Eastern Promises viste un Jaeger-LeCoultre. Ese cowboy imperturbable de Drive encarnado por Ryan Gosling viste un Patek Philippe. Jason Bourne hacía de las suyas con un TAG Heuer super ‘pro’ y superseguido por los aficionados norteamericanos. Y, si hablamos de algunas de las mejores series, Donald Draper aparece con Jaeger y Omega en varios capítulos de Mad Men. Y a Mr White (Bryan Carston en Breaking Bad) le encanta observar su Monaco de TAG Heuer en la mesita de noche…

No sabemos qué reloj le gustaba más a Birdman o Riggan Thomson, pero Michael Keaton llevaba un Bulgari en la premiación de los Golden Globes. Eddie Redmayne, ese chico bien con intenso acento british labrado en la mejores escuelas, vestía un Chopard la noche en la que recibió su Oscar al mejor actor. Y Bradley Cooper optó por Montblanc para enseñorearse en la alfombra roja del Teatro Dolby. La lista puede ser más amplia y entonces, ¿quién decide el cómo y el dónde aparecen esas pequeñas piezas de estatus hechas en Suiza? ¿Quién sabe? El secretismo les encanta a los suizos. De hecho, todo este asunto de los relojes en las mejores películas (también en las más taquilleras) comenzó en la saga del agente secreto más universal. Ironías de la vida. Shaken, not stirred.